jueves, 23 de agosto de 2007

Críticas de Rush Hour 3

Con el bolsillo

Para hacer "Rush Hour 3", Jackie Chan y Chris Tucker cobraron mucho y se esforzaron poco. Y se nota.

Los productores de Rush Hour 3 saben que el dinero todo lo puede. Desde convencer a Jackie Chan de hacer otra película en Hollywood en la que no se esfuerza ni el 10% de lo que lo hace en sus filmes asiáticos, hasta sacar de su modorra a Chris Tucker, quien no había hecho ninguna otra película desde... Rush Hour 2, seis años atrás.

En una industria donde todos compiten por ganar más, filmar el proyecto más ambicioso, el más taquillero o el más prestigioso, Tucker se conforma con poner su carita y hacer unos cuantos chistes cada tantos años junto a Chan y llevarse 25 millones de dólares (más el 20% de las ganancias, en este caso). Con eso, claro, puede tirar otro lustro, hasta que una nueva oferta lo convenza a hacer... Rush Hour 4.

En esta tercera parte, dirigidos por Brett Ratner (otro que necesita ganar bien, según aseguran, para financiar sus cuantiosos gastos personales), Chan y Tucker repiten su extraña pareja de policía asiático profesional y aplicado haciendo pareja con un colega negro, irresponsable, galancete y caótico.

El caso a resolver aquí está ligado con las Tríadas, la milenaria mafia china. Los detectives Lee y Carter deben viajar a Francia a proteger a una mujer que puede conocer el secreto de quién (o quiénes) manejan esa mafia. Y habrá, claro, asesinos dispuestos a todo con tal de que nuestros héroes (cada vez más parecidos a una versión hollywoodense de los Superagentes) no descubran esos secretos.

Por suerte, algunos momentos de humor (y una duración de apenas 90 minutos) alivianan la modorra del asunto, aunque el humor baboso de Tucker termina por agotar y a Chan -a quien las reglas de Hollywood no le permiten hacer sus escenas de riesgo- se lo ve con ganas de volverse a Hong Kong a disfrutar del cheque conseguido. La aparición, en pequeños roles, de Max von Sydow y Roman Polanski invita a pensar que los protagonistas no fueron los únicos que pensaron con el bolsillo.

Es tan poco lo que hace Chan que, en las habituales escenas fallidas que van en sus películas junto a los créditos finales, casi no hay escenas de acción: son todos errores de diálogos. Lo cual, encima, deja al espectador con la impresión de que nuestros héroes llegaban al set sin tener demasiada idea de lo que tenían que decir. Y se nota.

Un dúo contra la mafia China

Convencidos de la infalibilidad de la receta que les dio éxito, el dúo Chris Tucker-Jackie Chan, el director Brett Ratner y el libretista Jeff Nathanson resucitan a los policías Carter y Lee e intentan reeditar la comicidad y el vértigo de las dos primeras entregas de Rush Hour . Esta vez no insisten tanto en los chistes sobre diferencias culturales -Carter es norteamericano y negro; Lee, oriental- y tratan de remozar la fórmula con nuevos ingredientes, algunos de los cuales resultan inesperados -como la presencia de Max von Sydow en el papel de un diplomático francés o la de Roman Polanski en una fugaz aparición como el sádico jefe de policía de París- y otros, beneficiosos para el atractivo visual de la película, como los escenarios de la Ciudad Luz.

No es mucho para revitalizar una fórmula que ya da señales de agotamiento, pero ya se sabe que aquí lo que importa, además de la combinación de acción y humor, es la química entre los dos protagonistas, que sobrevive, y el show que cada uno despliega a su debido tiempo: Tucker con los grititos agudos y la gestualidad estrafalaria que viene explotando desde El quinto elemento , y Chan con su desenfado natural y su conocida destreza física. El ingenio es lo de menos, o eso creen los responsables de este tercer capítulo, sólo recomendable para fanáticos de la serie.

Cuando el film empieza, el parlanchín Carter ha sido degradado a agente de tránsito y está instalado en una movidísima esquina de Los Angeles menos atento a la circulación de vehículos que a los estímulos bailables que recibe de su iPod. A su amigo Lee, en cambio, le han confiado la custodia del embajador chino, que está a punto de revelar ante una cumbre internacional información determinante para acabar con una poderosa organización criminal. No pasan muchos minutos antes de que los dos vuelvan a trabajar en equipo y deban viajar a París, donde sortearán peligros, librarán batallas contra el ilimitado ejército de las tríadas chinas, repartirán y recibirán golpes, conocerán a unas cuantas chicas (algunas temibles) y comprobarán, después de una larga y agitada secuencia en las alturas de la Torre Eiffel, que la bandera francesa bien puede servir de paracaídas.

Hay baches considerables, las escenas de acción son muchas, pero por lo general tediosas, y la comicidad, primordialmente física, por no decir primaria. De todo esto se deduce que el entretenimiento es bastante relativo. Salvo que uno sea fan del simpático Chan, que encuentre divertidos los chillidos de Tucker y su enfermiza necesidad de llamar la atención y que se conforme con los buenos aportes de los "invitados": Max von Sydow, que sabe ser mesurado aun en papeles de historieta y, especialmente, Yvan Attal, gracioso como el taxista francés que quiere ser norteamericano "para saber cómo es matar a alguien sin motivo".

Clarín & Lanación

1 comentario:

Enzo dijo...

No me gustó el hecho de que casi no habian peleas.
Pero por lo otro, si me rei mucho al verla.
Saludos